¿Y si el aula dejara de sonar? El desafío de llevar la música a todos los jardines infantiles

Cuando uno entra a una sala de párvulos y escucha una ronda cantada, un tamborcito improvisado o simplemente a los niños tarareando su canción favorita… algo se enciende. La música está viva, pulsa. Pero también es cierto que ese escenario cada vez es menos común.

Aunque parezca difícil de creer, en Chile menos del 50% de los jardines infantiles promueven la música de manera regular. Según la Encuesta Longitudinal de Primera Infancia (ELPI, 2017), solo un 43% declara implementar actividades musicales estructuradas semanalmente. ¿Por qué ocurre esto, si sabemos cuánto aporta la música al desarrollo de los niños y niñas?

Lo que dice la ciencia… y lo que vemos en el aula

La música no es un adorno para el recreo. No es un “relleno” simpático. Numerosas investigaciones lo confirman: escuchar, cantar y moverse con música estimula el cerebro en desarrollo como pocas otras experiencias lo hacen.

Cuando un niño canta, se activan zonas cerebrales relacionadas con la memoria, la atención, el lenguaje, la emoción y la coordinación motriz. No es casualidad que los niños que han tenido formación musical temprana muestren mejores resultados en lenguaje, matemáticas y funciones ejecutivas (Habibi et al., 2016; Moreno et al., 2009).

Pero más allá de los datos, lo vemos en la sala. La música calma, ordena, conecta. Permite expresar lo que a veces no se puede decir con palabras. Ayuda a regular emociones intensas. Une al grupo. Le da ritmo al día.

¿Entonces por qué no está más presente?

Lamentablemente, hay razones muy concretas que explican esta desconexión:

  • Muchas educadoras no reciben formación musical suficiente en su carrera. Y no se trata de ser una experta en teoría musical, sino de sentirse segura para cantar con los niños, proponer una experiencia sonora o improvisar con instrumentos reciclados.
  • Los jardines infantiles carecen de materiales musicales, incluso los más básicos: tambores, sonajas, parlantes adecuados.
  • Y además, vivimos una presión constante por cumplir con los objetivos de lenguaje y matemáticas. La música se ve como un extra, algo que se puede dejar de lado. Pero eso es un error. Porque la música no compite con esas áreas: las potencia.

La neurociencia lo confirma

Lo que antes se intuía, hoy se mide. Estudios en neuroeducación han demostrado que la música fortalece la plasticidad cerebral, especialmente en los primeros años de vida (Schlaug et al., 2005). Escuchar música o aprender canciones no solo entretiene: mejora la memoria de trabajo, el control de impulsos, la atención sostenida y la creatividad (Kraus & White-Schwoch, 2014).

Incluso se ha comprobado que cantar en grupo reduce el estrés, baja los niveles de cortisol y mejora la oxigenación cerebral. ¿Qué mejor herramienta para una sala parvularia?

Volver a oírnos: ¿qué podemos hacer?

La solución no es mágica, pero sí posible. Algunas ideas concretas:

  • Formar a las educadoras en experiencias musicales simples y significativas: juegos rítmicos, repertorios locales, movimiento con música.
  • Revalorizar el folclor y el patrimonio sonoro de nuestro país. Desde las rondas que recopiló Violeta Parra hasta los cantos mapuche (ül) que siguen vivos en comunidades del sur.
  • Involucrar a las familias: cantar en casa, construir instrumentos, compartir canciones de la infancia de los abuelos… todo eso enriquece la vida de los niños y fortalece su identidad.
  • Y por supuesto, priorizar el arte en las políticas educativas. No puede seguir siendo lo último en la lista.

Cerrar los ojos… y escuchar

Imaginemos por un momento un jardín infantil sin música. Sin risas cantadas. Sin palmas rítmicas. Sin melodías que enseñen a contar, a esperar, a reconocer emociones.
¿No suena triste?

Hoy, el llamado es claro: recuperar la música como parte esencial de la educación parvularia. Porque cuando la música entra al aula, también entra la alegría, la memoria, el cuerpo, el corazón.

Bibliografía

ELPI (2017). Encuesta Longitudinal de Primera Infancia. Ministerio de Desarrollo Social y Familia, Chile.

Habibi, A., et al. (2016). Neural correlates of accelerated auditory processing in children engaged in music training. Developmental Cognitive Neuroscience, 21, 1–14.

Kraus, N., & White-Schwoch, T. (2014). Music training: Lifelong investment to protect the brain from aging and hearing loss. Acoustics Today, 10(1), 12–18.

Ministerio de Educación de Chile (2018). Bases Curriculares de la Educación Parvularia.

Moreno, S., et al. (2009). Short-term music training enhances verbal intelligence and executive function. Psychological Science, 22(11), 1425–1433.

Schlaug, G., et al. (2005). Effects of music training on the child’s brain. Annals of the New York Academy of Sciences, 1060, 219–230.

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